El mar de la pintura
Desde el convencimiento empírico de la pintura como terapia, pienso en la metáfora del mar a modo de espacio en el que fluir, encontrarse con uno mismo y con los demás, para sentir… nada más que sentir con libertad y apaciguar las convulsas emociones que se agolpan como olas, a veces delicadas, a veces vehementes.
El pincel se baña en la mezcla perfecta de aceite y pigmento, al son de precisas o improvisadas órdenes de mano y muñeca. En este momento la mente se entrega a la dulce sensación de fluir. Sólo dejándose llevar por los sentidos, abandonados a la suerte de vivir la experiencia de nadar en el espacio pictórico. Entonces conectamos con lo que somos y lo que tenemos: este momento.
Pintar es complicado, y por ello apasionante. Infinito, y por ello conmovedor. Siempre un desafío, y como tal, motivo día tras día de superación y regocijo. En la entrega a la pintura se vive la sensación de sumergirse en las profundidades de uno mismo; pero también del encuentro en el compartir proyectos, dificultades, vivencias y profundos sentimientos que derivan a menudo en charlas nutrientes sobre arte, lo humano y lo divino.
La pintura aporta algo diferenciador y muy especial. Para quien convive con ella durante el acto creativo, y también para quien disfruta desde la contemplación y el deleite de la experiencia estética. En la pintura lo cotidiano trasciende su propio significado persiguiendo la idea romántica de la dimensión espiritual a través de la naturaleza. Transforma la realidad, la interpreta y rediseña aportando pasión y emoción a través del color, la pincelada, la huella, la mancha, el azar, el detalle, la tensión… La herramienta es el sentimiento, y el contraste de luces y sombras que cohabitan en el cuadro, océano de sentimientos, mar de anhelos, nostalgias e ilusiones.
