Fermín Alvira

2015

Otros textos

Hasta la sombra tiene luz

Sorolla, quien vivió siempre enamorado de su mujer Clotilde y de la pintura, decía: “Allí, en los jardines, al mediodía, si uno se fija bien, hasta la sombra tiene luz, y cuanta más luz, más verdad, y cuanta más verdad, más belleza”. La sombra tiene luz, la gran aportación impresionista que nos posibilita ver la vida con otros ojos, y descubrir los colores de nuestro día a día. La luz la asocia con la verdad, porque es la que nos permite ver, distinguirnos, relacionarnos. Y consecuentemente con la belleza. Creo que hay una metáfora fácil si pensamos en la sombra como símbolo de nuestros tormentos, y hablamos entonces de la luz, pero de la luz interior, que es nuestra fortaleza,  nuestro ser más auténtico, en lugar de nuestra apariencia; es la luz que un invidente percibe, y que es mucha más verdad, porque es la esencia de la persona. Y si llegamos a esta verdad, entonces llegamos a la belleza con mayúsculas, no a la seducción o el artificio, sino a la parte de divinidad que hay en cada uno de nosotros.

Vemos así que el arte, como parte del concepto cultura, y como parte del concepto conocimiento, nos conduce al hombre, a la vida, a la emoción, al amor. Como camino de expresión, de comunicación y de estar en el mundo, arte, cultura y conocimiento forman parte de lo mismo. Lo primero que hizo el ser humano fue estampar su mano sobre la pared de la caverna y pintarse a sí mismo y a los bisontes. Así tenemos el arte como expresión (la huella), y el conocimiento del mundo que le rodea, y que necesita aprehender, entender para convivir y para sobrevivir.

Desde la práctica artística, el amor a la disciplina, por ejemplo para un pintor el amor a la pintura, tiene un camino de ida y vuelta: el pintor ama su trabajo, y ese amor le sirve de herramienta. La obra, su creación, le vuelve proyectando amor sobre su vida. Cuando el pintor sale de sus pinceles, lo hace como el monje que ha salido de sus oraciones y se siente en comunión con el mundo. Así que podemos hablar de estas dos direcciones: el amor hacia la pintura, y el amor proveniente de la pintura. Lo mismo con un poeta, con un escultor, músico, guionista, bailarín, actor,  etc.

No sólo para el creador se da este camino de ida y vuelta. También como espectadores, en nuestro disfrute del arte y la cultura, vivimos la experiencia del conocimiento. La obra lleva a la vida y la vida lleva a la obra. Por ejemplo, si observamos una obra de Sorolla, nos despertará recuerdos de nuestras vacaciones en la playa. Pero también cuando estemos, no delante de la obra sino delante del mar, la observación de sus colores nos transportará hasta las pinturas de Sorolla, si las conocemos. De ahí la importancia del conocimiento: nos posibilita vivir experiencias con otra dimensión. Estamos viendo el paisaje a través de los ojos del pintor, descubrimos sus pinceladas en lo que tenemos delante, y su sensibilidad conecta con la nuestra.

La contemplación de La Venus del Espejo de Velázquez, o los desnudos de Modigliani, conectan con el amor que yo siento hacia mi mujer. Y cuando tengo a mi mujer delante, me llega el inmenso amor de la obra de Modigliani o Velázquez, y así mi amor se multiplica y se proyecta sobre ella.

Así, pintores que han derrochado maestría observando a una mujer, de alguna manera enamorados: Botticelli, cuando pinta a Simonetta Cattaneo en varias ocasiones. Lo hace porque la veía pasar por su calle, y aunque no hay constancia de idilio, hay un amor, quizás platónico.

Son muchos los ejemplos que asaltan a mi cabeza pensando en la vida a través del arte y el arte a través de la vida, como la información que nos dio Toulouse Lautrec de la vida nocturna del París bohemio, de su París bohemio. Conocemos mejor parte de lo que fue el Holocausto gracias a la memoria de supervivientes recogida por Steven Spilberg en La lista de Schilndler; o al juego sobre el poder de la imaginación planteado en La vida es bella de Roberto Benigni;  nos transportamos a las catedrales de la Edad Media gracias a Ken Folleth; los faros y cafeterías no se ven de la misma manera conociendo la obra de Hopper; ni siquiera la metafísica es la misma si pensamos en Oteiza, un lavabo sucio tiene otro encanto gracias a Antonio López, incluso las manchas e inscripciones de una pared vieja nos evocan todo un espacio de reflexión, si hemos tenido ocasión de acercarnos a los muros de Tápies. Unas simples piedrecillas en el suelo, iluminadas por el sol del amanecer o atardecer son todo un universo de posibilidades si uno conoce la obra de Barceló.

La música actúa directamente sobre nuestra emoción, de manera fugaz pero directa, como si fuera la banda sonora que condiciona el significado de la escena. La misma secuencia de nuestra vida puede adquirir embrujo si se ve acompañada por Paco de Lucía, misticismo si es Vivaldi quien pone la música, elegancia e intensidad si es Puccini, alegría y vitalidad si es un grupo de música pop o ritmos africanos o sudamericanos.

Qué sería del amor sin Bécquer, sin los versos que de adolescentes intentábamos emular con torpeza, por supuesto, pero con sentimiento, y que ahora me permito recitaros:

Qué es poesía, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.
¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía… eres tú!

Me sirve, la belleza, la poesía, la emoción, el amor… Me sirve como parte de mi ser, me sirve como camino de trascendencia, me sirve para conocerme, me sirve para vivir, para sentirme feliz.  Lo demás, lo que no me toca el alma, no me sirve, como dice Mario Benedetti:

(…)

sí me sirve la vida
que es vida hasta morirse
el corazón alerta
sí me sirve
me sirve cuando avanza
la confianza

me sirve tu mirada
que es generosa y firme
y tu silencio franco
sí me sirve

me sirve la medida
de tu vida

me sirve tu futuro
que es un presente libre
y tu lucha de siempre
sí me sirve

me sirve tu batalla
sin medalla

me sirve la modestia
de tu orgullo posible
y tu mano segura
sí me sirve

me sirve tu sendero
compañero.

El pequeño o gran mundo que cambia alrededor de quien lo crea, y a posteriori de quien lo disfruta, se va sumando a otros pequeños mundos que conforman el mundo entero. Es como imaginar, suponer que existen hermosos valles llenos de flores en lugares recónditos de las montañas que yo o quizás nadie nunca lleguemos a conocer. Sin embargo nos llena de paz este pensamiento, porque sabemos que es bueno para el mundo, para el equilibrio, para algún animalillo que se acerque por allí.

Saber que existen las cataratas del Niágara, o la selva amazónica es maravilloso aunque no tengamos la suerte de conocerlo de manera directa. Pero aunque no sepamos ni que existe, es también maravilloso: por ejemplo, cantautores que habrá en México que yo no conozco y que jamás he oído ni oiré hablar de ellos, poetas de Argentina, bailarines de Japón, pintores de Sudáfrica, graffiteros de Berlín…

A modo de conclusión: el arte transforma el entorno, transforma a quien lo disfruta y transforma al creador. Os invito a que hoy mismo, todos participemos de esta trasformación, diciendo “te quiero” a nuestra amiga, a nuestra pareja, a nuestros padres… Entonces aportaremos luz, belleza, seremos artistas. Incluso podemos hacerlo con un dibujo, que será torpe pero lleno de sentimiento, o con un poema, que no será de Béqcquer, pero será mejor aún, porque será nuestro; o con unas flores, que ya la naturaleza, y la floristería se han encargado de armonizar, o con una canción, o con un simple “te quiero”.

Arte, poesía, cultura, en suma conocimiento del ser humano que trabaja para el ser humano, para su bienestar, para su enriquecimiento, para que su camino se llene de luz.

Y recordad, cuando salgáis a la calle, fijaos en las sombras, veremos que no son negras, que tienen color, así cambiaremos nuestra mirada, y recordaremos que podemos ser felices aunque a veces nos sintamos en la sombra. Porque si uno se fija bien, hasta la sombra tiene luz, y cuanta más luz, más verdad, y cuanta más verdad, más belleza.

Muchas gracias